En una época en la que la religiosidad está incardiada en la vida cotidiana y que el poder temporal del papado ha prostituido su fin espiritual, Aragón, sus gentes y su rey, viven en continuo conflicto moral debatiéndose entre lo que consideran su deber y lo que desde Roma se les dice que es.
Un moribundo rico-hombre, Domingo Lagarda, prepara su último juicio revisando su intensa vida. Relato, por tanto, escrito en primera persona, rompiéndose el monólogo en las ocasiones en que es imprescindible recrear conversaciones que condicionarán el curso de los acontecimientos.
La novela está dividida en tres partes (Viajes, Misiones, Guerra) con ritmos y ópticas diferentes.
La primera parte es pausada, plagada de reflexiones. Muestra la formación de una personalidad, aficiones, criterios y valores, siendo el entorno externo el que provocará los cambios internos. La ficción es completa en personajes y aventuras, y cumple el objetivo de presentar escenarios coetáneos de sorprendente diversidad y personajes que protagonizarán los acontecimientos posteriores.
La última parte es su reverso: trepidante, plagada de acciones. Aquí será el protagonista el que influya y transforme su entorno y no al revés. Personajes reales, hechos históricos – brillantes la mayoría, poco conocidos muchos-, excepto cuando la Historia presenta lagunas y permite a la imaginación suponer qué pudo ocurrir.
La intermedia es la transición necesaria. Domingo, -espía en Lyon, embajador en Bizancio y Roma, estratega en Sicilia, y siempre mercader-, se irá involucrando progresivamente en lo que será su razón de ser.
* * * * *
Domingo Lagarda nace en Sádaba en 1253, hijo segundón del señor del castillo. Allí vive hasta los quince años en un ambiente feudal y agrícola. Junto a su hermanastro Yago, es educado por su madre Dña. Leonor y por un clérigo.
“... Romualdo había sido traído de un monasterio próximo, por sus muchos conocimientos y vivió en el castillo dedicándonos todo su tiempo y educándonos no sólo como el buen ayo que resultó ser, ni como el erudito que ya era, sino como el maestro que enseña a pensar, a preguntarse el qué de las cosas, el por qué de lo obvio, el para qué de los actos, el con qué de los proyectos, el cuándo de las decisiones...”
Invitado por el amigo de su padre, Sir Charles de Guyena, tiene oportunidad de vivir más de un año en Burdeos donde conocerá la diplomacia y la vida caballeresca del que dice.
“...¿qué más recordar de aquel intenso y bello año? Quizá el despertar de mis sentidos. Un buen cazador debe afinar su oído, su vista o incluso su olfato, pero en ello no encuentra más disfrute que el de la pieza cobrada, y sin embargo, uno puede ejercitarse en aprender a gozar y a tomar conciencia del placer que recibe, porque muchas veces, casi siempre, lo que tenemos es mejor de lo que apreciamos.
Aprendí a disfrutar. A disfrutar de mis sentidos recreándome en los más bellos paisajes, a deleitar mis oídos con la música de los trovadores, a disfrutar de la copiosa y variada mesa con sus manjares y vinos, del tacto de los tejidos, del olfato de los aromas.
Aprendí a holgazanear y a emplear mi tiempo en placenteros paseos o en elegantes danzas, a conversar y a galantear a las damas del castillo, en juegos de azar y en banalidades, a disfrutar de lo superfluo.
Aprendí a intrigar; aprendí el valor de los secretos, a dosificarlos y a desvelarlos en el lugar adecuado, a la persona indicada, en el momento preciso; aprendí la ventaja que da el conocer las debilidades ajenas.
Conocí del sensual placer del amorío, del íntimo deleite de la conquista, del juego y del dominio de personas y voluntades.
Me preocupé en mejorar aquello que podía serme útil en mi vida inútil; trataba con esmero mi apariencia para ser apreciado, cuidé de mi expresión y cultivé mi ingenio.
Y sin embargo, por ello o a pesar de todo ello, aquel año maduré y dejé de ser un muchacho para convertirme en un hombre...”
De allí acudirá a París para asistir a la Universidad y ser discípulo de Tomás de Aquino.
“...Tomás explicaba cómo una causa exige un origen, y éste es a su vez causa de otro origen y así hasta llegar a un Origen que lo es de todo. Y cómo el orden del universo exige de un Ordenador Supremo. Cómo las perfecciones parciales de las cosas exigen de un Ser Perfectísimo. Cómo el movimiento exige de un Motor Inmóvil. Y a ese ser necesario, causa incausada, motor inmóvil, ser perfectísimo y ordenador supremo lo llamamos Dios.
Pero yo aprendí a ver las cosas de otro modo: ¿Por qué las consecuencias funestas? ¿Por qué las imperfecciones inocentes? ¿Cómo un Padre bueno puede dar por herencia a sus hijos un valle de lágrimas? ¿Cómo un Padre benevolente puede castigar a sus hijos para toda la Eternidad? ¿Cómo un Padre justo puede repartir entre sus hijos con tanta irregularidad fortuna, inteligencia y felicidad? El hombre pudo ser culpable en el Edén pero ¿dónde estaba el pecado de los demás seres vivientes? ¿Por qué la Naturaleza es tan despiadadamente cruel? ¿Por qué los depredadores martirizan a sus víctimas? ¿Por qué de sus sufrimientos? ¿Era posible que o Dios no existiera o si existía fuera un pérfido malvado que condena a su creación al dolor, sufrimiento, hambre, enfermedad y muerte? ¿Por qué si nos había dado inteligencia nos la limitaba hasta no hacernos capaces de discernir su existencia o el sentido de la nuestra?
¿Dios conoce nuestro futuro?, ¿somos libres de elegirlo? Si no lo supiera, su Sabiduría no sería infinita y por lo tanto no sería Dios, y sabiéndolo... ¿somos libres?
¿Y del mal? ¿Se pude condenar el mal sin acusar a Dios?
¡Oh Dios mío! ¡Perdóname!
Hoy aborrezco mi mente que me alejó de Ti. La aborrezco por preguntar por Ti, sobre Ti. Por su petulancia al pretender conocerte, explicarte, describirte, saber de Ti. Hoy sé que mi mente es estrecha y limitada, incapaz de conocer, explicar, describir o saber de la infinitud, de la eternidad. Tomás abrió la caja de los truenos pretendiendo que ello era posible y ese camino finito y torpe sólo conduce a negar y renegar de Ti. ¡Perdóname!
Creo en Ti porque necesito creer, porque me siento mejor sabiendo que no estoy solo en mis sufrimientos, sabiendo que hay esperanza en mis aflicciones, sabiendo que hay recompensa a mi dolor. Creo en Ti, porque necesito creer que cuando hice el bien, siempre más difícil e incómodo, no fue un esfuerzo inútil.
Creo en Ti porque necesito creer que las injusticias de este mundo serán corregidas en otro; que las deudas, satisfechas; que a la escasez seguirá la abundancia; al llanto, risas; al dolor, felicidad.
No quiero pensar en cómo se puede ser feliz allí si quizá nos falten nuestros seres más queridos que se alejaron de Ti.
No quiero pensar, sólo sentir, sentirte a Ti.
Creo en Ti porque tengo miedo a morir y desaparecer para siempre.
Creo en Ti porque en mi infancia me hablaron de Ti, la viví en tu temor y hoy desde muy dentro siento vértigo de renegar de aquella Fe.
¡Señor! ¡Ten piedad de este viejo moribundo tan desorientado como siempre! ¡Tan inseguro como siempre! Tú lo hiciste así: débil y torpe...”
Más tarde acompaña a su abuelo a Brujas, el emporio universal de la manufactura de paños, donde una feliz aventura le hará poseedor de una cuantiosa fortuna. Su amigo Klauss le aconseja qué hacer con ella.
“... por el afecto que te profeso y por la gran deuda de gratitud que tengo contigo, creo que debo intentar imponerte mi criterio. Si fueses hijo mío te exigiría que no dejases ocioso tu botín, que pusieses a trabajar toda tu fortuna y la utilizases en hacerte aún más rico y en consecuencia más poderoso. Mira dónde estás. Esto es el centro del mundo. A Brujas llegan barcos de todos los países, todo el mundo trabaja, produce, compra y vende. Tú estás aquí, y no sólo eso, posees todo lo necesario para encumbrarte aún más, eres noble de origen y de sentimientos y si además de ello llegas a ser un hombre rico, podrás poner tu talento, tus energías y la riqueza que acumules al servicio de las mejores causas.
- No alcanzo a comprenderte Klauss. No tengo ningún conocimiento para producir, comprar o vender nada y el dinero que poseo no basta por sí mismo si no sé cómo emplearlo.
- Pero yo sí y es en ello en donde puede radicar mi ayuda. Puedo enseñarte primero y aconsejarte después. Puedes invertir tu capital en paños - que es lo que viene a comprar aquí todo el mundo- y llevarlos a Inglaterra. Venderlos con beneficio, comprar trigo y llevarlo a Hamburgo. Vender el trigo, con nuevo beneficio, comprar vino y traerlo de vuelta aquí. Habrás consumido poco más de tres meses y habrás doblado tu capital, los recorridos son cortos por lo que los riesgos de temporales o de asaltos son mínimos y los viajes bastante seguros. Puedes invertir una parte de tu fortuna y el resto dejarla en lugar seguro...”
Con su mentor y amigo, el mercader Klauss de Hamburgo, compartirá unos meses que despertarán en él una decidida vocación mercantil, planeando su asociación.
En su regreso consigue la colaboración de su amigo Leo de Brujas para instalar en Aragón –finalmente será en Barcelona- un taller de paños, y en París un noble siciliano al servicio del infante D.Pedro –D. Tomás de Trápari- le convencerá para unirse a sus intereses desarrollando en el Mediterráneo sus actividades mercantiles.
“...>>Quieres mercadear y viajar porque te place, pero abre un nuevo horizonte a tu actividad: el Mediterráneo. Y empieza la aventura de abrirte mercados, establecer sucursales, propiciar múltiples contactos con proveedores, crear una clientela, contratar empleados, negociar con autoridades y con el tiempo tu y tu gente habréis tejido una tela de araña de contactos, relaciones, amistades, influencias, favores, prestigio, a todo lo largo y ancho del Mediterráneo.
>>¿Y qué es el Mediterráneo? Me dirás. El escenario más excitante para el aventurero, el enigma más recóndito para el político, el tesoro más valioso para el artista, el mercado más activo para el comerciante, el destino más emocionante para el creyente.
>>Casi la mitad de las costas que baña son territorio infiel, fuente de peligros y de oportunidades, de alianzas o de conflictos. Pero es que además en su confín está Tierra Santa, siempre en peligro, el imperio de Bizancio, debatiéndose en sus luchas intestinas y en sus peligros fronterizos. Un papado proclive a los intereses de Francia y siempre hostil a los de Aragón. Una expansión francesa a costa de los territorios libres afines a Aragón, una Sicilia usurpada a los intereses de Aragón, sin contar con la lucha de ciudades en Italia -Génova, Pisa, Venecia- o la precariedad de los territorios..”
* * * * *
Ya instalado en Barcelona y con su taller de paños eficazmente dirigido por Leo a pleno rendimiento, viaja a Lyon para conocer a las dignidades que concurran al Concilio. Ocultando sus fines, logra la indiscreción de un fiel servidor de Carlos de Anjou que le permite abortar un siniestro plan por lo que es reconocido por el infante D.Pedro.
“...- Domingo, tu familia ha servido siempre fielmente al Reino. Tu padre, al lado de mi padre y señor D. Jaime y tu hermano, al mío. Además hoy tú has salvado la vida de tu señor de un modo valiente e ingenioso. Sé mucho de ti por el gran aprecio que te tiene Nuño y por las largas horas de compañía que compartimos juntos, y sé también mucho de tu familia.
>> Deseo mostrarte mi agradecimiento, a ti personalmente y a través tuyo a tu padre D. Nuño que tantos sacrificios y desvelos ha tenido por Aragón, y lo voy a hacer de un modo que a ti te ennoblezca y a él le enorgullezca.
>> Sé por tu hermano, que no eres ni has querido nunca ser hombre de armas, pero hoy has dado a tu reino una victoria y te corresponde la gloria del héroe audaz y sacrificado. Voy a armarte caballero para que D. Nuño bendiga el coraje de su hijo y tú aprecies de qué modos tan diferentes puede un hombre decidido servir a su reino. Y puesto que sé que no tienes armadura, ni espada, ni equipo de guerra para lucir en la ceremonia, te voy a regalar uno mío viejo y usado, pero ennoblecido en el campo de batalla frente al moro, para que lo conserves de por vida, y lo luzcas con orgullo si alguna vez ha menester.
>> Retírate pues esta noche a orar y a hacer vigilia, porque mañana, ante mis fieles servidores Tomás y Nuño como testigos, te armaré caballero y te tomaré juramento.
Y así fue como, emocionado, tembloroso, pero exultante y feliz, fui armado caballero por el más grande, magnánimo, justo y valiente rey que de Aragón ha sido, aunque entonces él aún sólo era infante y yo no podía prever cómo aquel acto me uniría para siempre a su obediencia...”
Viaja a Bizancio como emisario del infante y posteriormente, ya rey D. Pedro y papa Juan XXI, como embajador a Roma. Lleva un plan que ofrecer...
“... napolitanos y sicilianos se encuentran profundamente descontentos por el trato que reciben del angevino. Su pueblo y nobleza no aceptan el oprobio que supuso la ejecución de Conrandino y por ello piden sea nombrado un nuevo señor para el Reino y piden que éste sea D. Pedro de Aragón. Naturalmente este argumento debe ser presentado por una embajada que venga de Nápoles.
- Bueno Domingo, lo que me propones es un sinsentido. Un paso así nunca se daría por parte del Papa. Un antecesor suyo otorgó el trono al de Anjou y el pretender retirárselo supondría obrar contra la justicia pues no hay causas suficientes y además crearía un enfrentamiento de incalculables consecuencias para toda la cristiandad.
- Bien – respondí – eso puede ser así si no se le ofrece a cambio al de Anjou algo mejor que su propio Reino.
- ¿Algo mejor?
- Sí, mejor que un reino dos, o mejor aún un imperio.
- ¿Un imperio? ¿No estarás hablando de favorecer sus intenciones de conquistar Bizancio?
- En absoluto. El Papa Juan nunca aceptaría poner en peligro la unión de las Iglesias de la cual es un ferviente entusiasta. Bizancio debe quedar totalmente al margen y salvaguardada, aunque eso sí, es posible pedirle que participe en la operación con algún pequeño esfuerzo, pero dejemos aparte Bizancio para después.
- Entonces ¿a qué te refieres?
- Me estoy refiriendo al Imperio Germánico. Carlos de Anjou es aspirante y como tal supone que sus argumentos tienen tanto peso o más que los de sus rivales. La decisión de entregar el Imperio a Rodolfo no ha cristalizado en una coronación en regla. En consecuencia el Papa puede perfectamente nombrar emperador a Carlos de Anjou.
- No es una posibilidad descabellada. Para el Papa Juan es más indicado el de Anjou como emperador que Rodolfo.
- Ya lo sabía, fue tema de conversación con vosotros en Lyon. ¿Lo ves? Podemos resolver dos problemas. Mi señor consigue el Reino de Nápoles, o mejor, los sicilianos y napolitanos consiguen un señor justo y digno que vele por su bienestar y el de Anjou deja el Reino de Nápoles y consigue nada menos que el Imperio. Es nombrado por el Papa, coronado por él y sus máximas aspiraciones quedan cubiertas.
- Como cambio parece satisfactorio para ambas partes, pero dejaríamos descontento a Rodolfo.
- Bueno, Rodolfo no tiene nada, sigue sin tenerlo. Al fin y al cabo se elige a otro candidato.
- Me parece un argumento razonable pero, sin embargo, tenemos ahora un equilibro, ¿por qué forzarlo y desestabilizar la situación actual pensando que otra diferente como la que tú propones pueda seguir creando equilibrio y paz?
- Podemos pensar que en ese cambio se consiguen beneficios colaterales y, así, mi señor D. Pedro, al ser beneficiado por entregársele un reino, parece justo que pague un precio y ese precio puede ser el más afín y saludable para la Santa Sede: la entrega del Papa puede venir unida al compromiso de mi señor por marchar a la cruzada y pelear contra los infieles.
- Eso parece interesante, pues desde Lyon se está intentando formar una cruzada sin resultado positivo alguno.
- Desde Lyon no, desde mucho antes. Y máxime que las últimas fueron auténticos fracasos. Además, el Papa podría elegir el escenario de la bruzada que prefiriera. Pordría elegir Túnez y vengar así la afrenta del Rey Luis, escenario propicio para mi señor por la proximidad. Podría elegir Tierra Santa, liberar Jerusalen y dar seguridad a los Santos Lugares tan hostigados por los musulmanes. Podría elegir Asia Menor y combatir allí al infiely dar un respiro a su nuevo aliado el Imperio de Bizancio.
- Pienso - contesto Niccolo- que de todos esos escenarios el más favorable para el Para sería sin lugar a duda Palestina.
- Yo también lo creo y además eso supondría una nueva ventaja para el de Anjou. Ha emparentado con el rey Balduino de Jerusalén pero está destronado porque su Reino ha sido casi totalmente absorbido por los musulmanes y si restaura el Reino de Jerusalén, le corresponde regentarlo a Balduino, y éste y Carlos de Anjou, sin ser una misma persona, sí son un mismo tronco, pues su parentesco les hace aliados inseparables.
- Ese premio adicional sí que puede ser un argumento.
- Bien cierto, el Papa mantiene la Iglesia de Bizancio unida, sin el peligro que hoy supone para tal unión el de Anjou. Por un lado éste crece en categoría y poderío, y por otro, los Santos Lugares son asegurados por mi rey D. Pedro. Todas las partes salen beneficiadas, y aunque habrá reticencias indudables por parte del de Anjou, que con seguridad aspirará al Imperio sin renunciar a su Reino, esas suspicacias pueden superarse con habilidad y buenos argumentos...”
Dramáticos acontecimientos pondrán fin a su estancia.
Desarrolla una amplia red comercial entre los puertos del Mediterráneo, propiciando un entramado de informaciones y confidencias que favorezcan sus negocios y den oportunidad a la acción política.
Elevado al solio pontificio Martín IV, lacayo de Carlos de Anjou, y siendo Domingo ya consejero de D. Pedro, será estratega en la guerra de Sicilia.
“...- Señor, he tenido ocasión de reflexionar sobre las noticias que nos transmitisteis el otro día referentes al nombramiento del nuevo Papa, y después de sopesar todas las circunstancias que concurren en el caso creo que debe ser considerado como una buena noticia, en virtud de las expectativas que abre a vuestras pretensiones sobre Sicilia.
- Domingo, debes estar loco, ¿cómo puede ser beneficioso tener sentado nada menos que en el solio pontificio a un esbirro de mi enemigo?
- Señor, la situación de Sicilia sabéis que es insostenible para el pueblo y que si éste es organizado, tarde o temprano, pedirá vuestro socorro, pero lo importante es que Carlos de Anjou ahora tiene ambiciones mucho más elevadas que las del propio reino de Sicilia. Con el apoyo del Papa va a poder finalmente cumplir su sueño de acudir a Bizancio y de conquistar para los latinos el Imperio de los Paleólogos. Si esto se lleva a efecto, no sólo el rey Carlos se habrá creado un nuevo y poderoso enemigo en la figura del Emperador de los griegos, vuestro amigo, sino que además, habrá dejado abandonadas y desprotegidas sus posesiones. Ése será un momento extremadamente favorable si vos queréis aprovechar la ocasión y atacarle arrebatándole en su ausencia su propio reino...”
* * * * *
Paralelas a los éxitos militares, caen las excomuniones sobre D. Pedro y sus seguidores. Domingo será nuevamente embajador ante el Papa. Unos monjes le preparan el alegato a presentar..
“...Los argumentos con los que se preparaba el alegato eran de distinta índole. Había algunos exclusivamente formales, como por ejemplo el hecho de que se hubiese nombrado una sentencia de excomunión contra mi rey sin haberle escuchado a éste, pues entendían los ilustres juristas que no se puede sentenciar a un reo sin darle opción a una audiencia y que a mi rey no se le había dado. Había otros de fondo, tan interesantes como el hecho de que una jurisdicción eclesiástica no tenía por qué ejercer sobre acciones políticas, y por lo tanto mundanas, un derecho de sanción legal. Este argumento, especialmente interesante por cuanto era de reciente incorporación a las polémicas que en la Universidad de París, se formaban entre los derechos y deberes del poder laico, y los del poder sacro. Otro grupo de argumentos estaba en la línea de deslindar responsabilidades del rey de Sicilia y del rey de Aragón en cuanto que ambos recaían sobre la misma persona, pero no en las raíces del acto que se sancionaba y así, como mal menor, se podría aceptar un juicio y posible sanción sobre las actuaciones del rey de Sicilia al usurpar un trono otorgado por el papado, pero que en nada tenía por qué afectar al rey de Aragón, puesto que en este Reino no se había atacado en ningún momento los mandatos de la Iglesia y de sus jerarquías.
Argumentos unas veces sutiles, otras atrevidos que me fascinaban en su exposición, pero que todavía me impresionaban más al conocer el modo con que mis sabios amigos documentaban sus asertos, y así, si bien cualquier castraja puede dar un argumento y razonarlo con sus propias palabras, maravilla cómo un experto añade a esta acción una acumulación de referencias con autores que le han precedido, o que le son contemporáneos, que en sus distintos escritos que citan y de los que transfieren textos, tratan de alegatos como el que se está defendiendo. Para mí era fascinante conocer cómo mis amigos hacía referencian a unos y otros autores, y se sabían casi de memoria sus escritos y sus citas y las trasladaban a nuestro alegato, incorporando, a la solidez de sus razonamientos, la erudición de un conocimiento profundo de la materia y de los tratadistas que sobre ella habían hablado...”
Pactado el duelo de Burdeos, los hombres del protagonista descubrirán la trama mortal que se prepara y le obligarán a buscar y a ejecutar una acción alternativa.
“...Como ingleses se sentían vejados por la presencia masiva de tropas extranjeras, que si bien habían llegado en son de paz y pidiendo el hospedaje del rey Eduardo, no por ello dejaban de ser gentes armadas pisando suelo que le era ajeno, y pudimos comprobar que todos ellos simpatizaban profundamente con nuestro rey, tanto por su valentía al haber acudido, como por lo injustamente que había sido tratado.
Dispusimos pues del tiempo suficiente y llegamos de regreso a Burdeos a mediodía y fue entonces cuando se hizo público el anuncio de lo que había hecho D. Pedro para que todos conocieses la valentía y astucia de mi señor con el consiguiente enfado, con la ira incontenible que trajo para D. Carlos y el regocijo para los habitantes de la ciudad que, imparciales ante esta situación, eran conscientes de la grave injusticia que se había pretendido hacer. Y así pues los ánimos se caldearon entre las huestes de los angevinos siendo además conscientes de su impotencia para poder hacer nada que restituyera la segura victoria que suponían iban a tener. ..”
Declarada la guerra por Francia y restablecido de graves heridas recibidas en combate, gestionará en Inglaterra y Flandes la apertura de frentes simultáneos sin lograrlo, aunque el descubrimiento de la traición de Jaime II de Mallorca y la conspiración de Pedro Oller y mitigará ese fracaso.
“... Rosetta significó durante algunas semanas una vuelta al entusiasmo por el placer, entusiasmo que sólo en mi vida había disfrutado con Brigitte sin llegar a valorarlo y con Marozia sin llegar a saciarlo.
Siempre he sido – que Dios me perdone, pues él me hizo así- asaz concupiscente, y mis necesidades carnales han sido fuertes y constantes, pero me discipliné desde joven en no dejarme atrapar por sentimientos que me encadenasen, y si grande era mi deseo, grande era mi bolsa para pagar por saciarlo.
Pero Rosetta estuvo a punto de romper aquel equilibrio, pues impaciente deseaba la caída de la noche para complacerme en ella, y dejó de ser nuestra unión un desahogo que calmara mi hambre, para ser un banquete colmado de las mayores delicias, y aunque mi unión con ella era el premio a un día de afanes por mi señor, deseaba que el día menguase y la noche alargase, porque su pasión y entrega, pero también sus muchas y exóticas habilidades, nublaban mi espíritu y multiplicaban mi capacidad de recibir placer.
La situación evidentemente desagradaba a Luisa y ello provocó al cabo de un tiempo una sorprendente acusación cuando me comunicó que Rosetta mantenía extrañas conversaciones con gentes adustas con las que frecuentemente se citaba en la calle. Aquella delación me pareció una reacción normal de celos, pero más por curiosidad que por sospechar algún peligro, mandé a uno de mis hombres que vigilara discretamente las salidas de la muchacha. Fruto de esa vigilancia llegó la confirmación de que la denuncia de Luisa era cierta, y lo que es más, su constante contacto con un hombre de clase baja del que yo hasta entonces nada sabía pero que era conocido entre la chusma y al que se le atribuían constantes atropellos. Su nombre era Bartolomé Oller y no sólo era seguido por malhechores sino que, haciendo gala de una facilidad sorprendente para convencer a las gentes sencillas, alborotaba en contra de mi señor D. Pedro y, al decir de mi agente, estaba preparando una sublevación popular para entregar la ciudad a los franceses...”
La inminencia de la guerra ante un enemigo superior le obligará a buscar el modo de compensar esa desventaja, consiguiendo una sorprendente ayuda de Abú Said, sabio médico musulmán.
...” le conté que mi amigo y compañero rescataba cautivos para dar libertad a hombres caídos en poder de sus semejantes de otra fe, y que yo transitaba por el mundo intentando cubrir necesidades llevando a cada lugar lo que era deseado y vendiendo mis mercancías buscando un lucro lícito con la satisfacción de necesidades ajenas. Le hablé de cómo ambas actuaciones tenían tanto en común con la de él que era la de dar salud y vida a sus semejantes, y cómo, aunque nos distanciaba la religión, teníamos conceptos sobre el valor del hombre que nos unían y le dije que había llegado a él buscando su amistad y para recurrir a su ciencia.
- Realmente, cristiano – me contestó - no sé lo que pretendes. Nuestros pueblos son enemigos y no veo el modo de cómo podemos algún día llegar tú y yo a ser amigos.
- No es cierto que nuestros pueblos deban ser enemigos. Sé que eres un fiel servidor de tu credo y he aprendido en estos últimos días algunos párrafos del mismo. Sé que en el libro está escrito: “Cierto que los que han creído, los que siguen el judaísmo, los cristianos y los hebreos si creen en Alá y en el último día y actúan rectamente, tendrán su recompensa ante el Señor y no tendrán que temer ni se entristecerán”. Tenemos credos diferentes, pero con tantos puntos en común que podrían llegar a ser el mismo.
- Me sorprendes extranjero sabiendo frases de nuestro libro, pero las frases no lo son todo, lo importante es su sentido.
- ¿Y qué otro sentido pueden tener unas y otras sino el de que estamos mucho más cerca de lo que creemos nosotros mismos? También en tu libro se dice: "Hombres, os hemos creado a partir de un varón y de una hembra y o hemos hecho pueblos y tribus distintos para que os reconozcáis unos a otros, y en verdad que es el más noble de vosotros ante Alá el que más le teme".
Él contestó reconociendo la cita:
Alá es conocedor y está perfectamente informado - y quedó pensativo -. Sí - dijo - es posible que nos separen más nuestras voluntades que nuestra propia fe.
- Es posible – le contesté – y comprendo que desconfíes - y prosiguiendo en un alarde de conocimiento de su propio libro, volví a citarle – “Comprendo que desconfíes porque vengo de lejos y no me conoces”. En tu libro también se dice que “vosotros que creéis, si alguien que no es digno de vuestra confianza y os llega con una noticia, aseguraos antes, no vaya a ser que por ignorancia causéis daño a alguien y tengáis luego que arrepentiros por lo que dijisteis”. Pues bien, asegúrate de mí antes de darme tu confianza, pero traigo algo muy importante que debo tratar contigo. Debo tratarlo si estás preparado a escucharme con confianza y no puedo pretender que surja de la noche a la mañana, pero sé que eres hombre recto y religioso...”
La victoria militar de D. Pedro es absoluta...
“...Me encontraba junto a él cuando se recibió una embajada francesa que venía a solicitar paso franco en su retirada y antes de que llegara a producirse la reunión entre mi rey y los representantes de su rival, solicité su venia para hablarle en privado:
- Señor, - le dije - éste es un momento estelar en la historia de Aragón. El ejército enemigo está materialmente hundido y puesto que en él se encuentran tanto la casa real como los prohombres del país enemigo, tenemos la oportunidad única de liquidar su fuerza de tal modo que durante muchos años la memoria de este día no sólo traiga para Aragón gloria, sino también el honor de la conquista. Señor, permitid a vuestro ejército aniquilar al enemigo, tomar de rehenes a todos su mandatarios y exigir de ellos para obtener la libertad y otorgarles la paz, las cuestiones largo tiempo demandadas justamente por Aragón.
>> Anulemos el Tratado de Corbeil y permitamos, como antaño hubo entre el reino francés y Aragón, la creación de un núcleo de condados independientes a aquél, pero afines a vos, que puedan en el futuro con fidelidad y obediencia evitar un nuevo episodio como el que hemos estado a punto de sufrir.
>> Haced que el Delfín renuncie a los derechos sobre Navarra que por matrimonio ha adquirido en contra de los que legítimamente os correspondían a vos y antes a vuestro padre.
>> Exigid el reconocimiento de vuestros derechos sobre Sicilia, y permitiendo, en todo caso, que Nápoles siga en poder de los angevinos, consolidad vuestra presencia en la isla.
>> Exigid para el rescate de los cautivos el perdón papal que reconozca los hechos consumados y retire su excomunión.
>> De cuantos cayeron prisioneros llegados en apoyo a la Cruzada, pedid un rescate económico que permita a las finanzas de vuestro Reino salir de su penuria y poder construir lo que tan dolorosamente ha sido aniquilado.
D. Pedro permitió que terminara mi largo predicamento. Su mirada en el horizonte era inexpresiva. Me escuchaba como siempre lo había hecho con atención pero permitiéndose el largo análisis de los argumentos que deslizaba en sus oídos. Finalmente me contestó, afectuoso pero firme:
- No, Domingo, nada de eso. Hemos cumplido el objetivo sagrado de defender nuestro país, pero no llevaré más lejos las consecuencias de esta jornada. No pretendo humillar al enemigo, no quiero crear tal desazón en los hombres que han combatido contra nosotros y en sus herederos, que les exija una pronta revancha. La guerra está ganada en Sicilia y en Aragón y el Papa deberá reconocer, como tú dices, esos hechos consumados. Pero ni vamos a aniquilar a nuestros enemigos, ni vamos a tomar rehenes, ni vamos a hacer ese uso indudablemente práctico que me sugieres, pero que, en modo alguno, está en línea con la honradez de nuestros propósitos. Nunca pretendimos para Nos beneficio de los grandes males que se desencadenaron por exigir nuestros derechos y no vamos a llevar más allá esta victoria de lo que por sí es, la libertad y la independencia de nuestros reinos frente a Francia y frente al Papa.
- Señor, – me permití todavía – Vos sabéis que la ocasión es única, que nunca como ahora volverá a estar el francés tan hundido, humillado e imposibilitado para reacción alguna que no sea el cumplimiento de vuestra voluntad.
- Bien es cierto, Domingo - me replicó. - Pero sabes que el francés también es parte de mi sangre y aunque por graves errores ha llegado hasta aquí con ánimo de arrebatarnos lo que en justicia nos corresponde, ha tenido ya, en su destrucción y derrota, la propia penitencia que tal acto demandaba. Vete, pues, Domingo en paz; vete, pues, con el agradecimiento, como siempre, por tus consejos, pero no insistas, porque en la medida en que pueda contener a mis tropas saldrá el vencido sin hostigamiento de mi Reino.
Así fue cómo se zanjó aquella cuestión. La hombría de bien de mi Señor estaba muy por encima de la consideración de sus intereses.
¿Qué hacer? Nuestra confianza era mucha..., pero yo era el vasallo.
Yo amaba a D. Pedro, yo le admiraba, pero , por eso también, yo le respetaba. ¿Podría acaso rebelarme contra aquella decisión?
Le miré como se mira a un gigante: con asombro ante su magnitud, con conciencia de mi pequeñez.
¿Cómo era posible tanta Benevolencia? Hacia falta mucha nobleza de espíritu, mucha entereza de ánimo para no sacar provecho de aquella situación y ceñir su conducta al estricto sentimiento del honor.
¡Qué humilde me sentí ante su grandeza moral!
D. Pedro pudo en aquella jornada escribir una página definitiva en la Historia. Una página como Gaugamela, donde Alejandro aniquiló el poder persa, o Zama donde los romanos hundieron a Cartago. D. Pedro pudo hacer aquel día que en el futuro el Reino de Francia fuese un pobre apéndice del Reino de Aragón.
Pero no quiso.
No quiso por misericordia ante el dolor ajeno, por benevolencia hacia el vencido indefenso. No quiso cebarse con el caído.
Pero la Historia premia la crueldad, no la clemencia. Carlomagno ordenó el degüello de cuatro mil quinientos sajones indefensos en Varden, y la Historia canta sus victorias y la Iglesia, por boca de su pseudopapa Pascual III, le hizo santo en el 1164.
Nuestra religión ensalza la benevolencia y nos han educado en su culto ¿Pero es un concepto certero?
En la obra de Dios hay crueldad: escaseces, enfermedades, sufrimiento, muerte. La naturaleza es cruel: las inclemencias del tiempo no ahorran calamidades y los depredadores sacrifican a sus víctimas. Si Dios quisiera la benevolencia ¿la habría limitado en su obra?
D. Pedro fue benevolente. Dejó partir al enemigo sin aplastarlo. ¿Acaso le premió Dios por ello?
No. No al menos en esta Tierra. Ni a él ni a su Reino.
Su grandeza humana estaba muy lejos de mi comprensión. ¡Había tantas injusticias que reparar! ¡Tantos desmanes que castigar! ¡Tantas deudas que saldar!...”
Sucede, sin embargo el trágico final: rápida enfermedad de D. Pedro, confesión con retractación de sus actos y muerte. Los días de privanza de Domingo Lagarda han terminado. En lo sucesivo –como él nos cuenta- llevó...” otra vida más sencilla y más honesta, con menos ambición e influencia, con más tiempo para extraer de cada día lo bueno que me traía...”
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