"Palabras pronunciadas por D. Aurelio Gonzalez Ovies, vicedecano de la Facultad de Filología de Oviedo, en la Librería Cervantes, el 22 de Febrero del 2007"
TE DEVM. VICTORIA O MUERTE. 22 febrero 2007
Buenas tardes y gracias por acompañarnos. “Las instrucciones del obispo estaban claras: preparar a la mayor celeridad un solemne ‘Te deum' en el Pilar. Su organización llevaba consigo la urgencia de desalojar tanto refugiado y transeúnte que había acudido allí para pedir cobijo, y el adecentarlo para una ceremonia debía ensalzar el espíritu de la victoria enmascarado con la alegría por el advenimiento de la paz”.
Éste es uno de los numerosos fragmentos que podrían aparecer en la solapa del libro para resumir el aparentemente fácil argumento de esta compleja y trabada componenda que Jorge Casamayor nos saca a la luz. Y digo compleja y trabada, porque detrás de esta historia suena un inusitado e infrecuente ‘Te deum' que el autor quiso escuchar por su propio oído y que fue motivo de dos viajes a una recóndita romería de un pueblo de Lérida, el primero de ellos interrumpido y en vano por una fuerte nevada. Detrás de esta novela se esconde, como en la literatura auténtica, toda una visión subjetiva pero muy válida del mundo. Una radiografía del mundo de antes, por lo que hemos dejado atrás, y del de ahora por el todo y lo poco que en muchos aspectos hemos evolucionado. ‘Te deum' conforma un concienciado estudio antropológico del devenir histórico que nos condujo hasta lo que somos: estamos ante un cambio de dinastía, ante un pueblo que ha tomado el poder y la voz y ante una muchedumbre que tiene claro qué es lo correcto.
Estamos ante la adversidad condicional que, más tarde o más temprano, se nos planta delante y nos conmina a huir o pugnar, como le ocurre a Cecilio, uno de los tantos supervivientes de esta épica que, engullido por un destino inescrutable, se veía ante la tesitura de ‘la dignidad luchando o la inequidad huyendo'. Estamos ante una rebelión contra el orden establecido en la que ‘todos los ánimos estaban soliviantados y con toda seguridad la algarabía popular podría degenerar en una auténtica confrontación armada'
Afirmaba Kapuscinski que un determinado fragmento de la realidad alcanza su punto álgido cuando sirve para introducirnos en una reflexión generalizadora; que ese tipo de literatura requiere mucha, mucha elaboración, horas y horas de lecturas y reflexiones, para no acabar en la descripción desnuda sino para crear un relato-reflexión o una descripción-pensamiento. Pues bien, todo se corrobora y se palpa en esta prosa por la que Casamayor se ha decantado, un libro que, con claros atisbos de saber enciclopédico, nos describe el pasado y nos habla de la contemporaneidad; nos involucra en el amor y nos adentra en la sociología.
La ferviente colmena de personajes –Julio, Lucía, Mateo, Mercedes, don Pedro Fortea y un largo etcétera– que se debaten ante esa alternativa humana que es vivir o morir, esto es, vivir o vencer y que componen el núcleo de esta aventura son muy dispares, pero lejos de excluirse y de entorpecerse mutuamente, conviven en armonía en las páginas de una misma obra y en las capas de un microcosmos donde los nobles o las clases pudientes se van enriqueciendo simplemente porque son distintos de la masa, por su educación, por su patrimonio o por sus maneras de pensar.
Cada cual busca su mejor refugio, cada quien se conforma con su sino, ‘cada todo' rivaliza en su entorno, ya sea haciendo vibrar las cuerdas de un violín, con mimo y amor, ya rivalizando en el lujo de joyas y en la elegancia de sus trajes, ya entre el estiércol de las cuadras con las bestias o con el simple sueño imposible de verse morir con mejores trazas que vivió.
Todo esto puede hacerse de forma artística o de manera panfletaria. Pero la maestría del escritor, por más que se sepa que no es accesible alcanzar la perfección, está en no aburrir, la pericia radica en pintar un ficticio retrato con toda gama de detalles o trazar una silueta con una sola pincelada, de una sola línea y hacernos conocer a fondo ese perfil. Y ahí yo creo que Jorge Casamayor ha trabajado cada frase, ha pulido cada párrafo, ha medido cada adjetivo y ha conseguido apuntar, con lo mínimo, lo necesario y bastante en cada de cada protagonista y en cada capítulo. Porque es muy fácil caer en el barroco, ese estilo que así como en lo arquitectónico nos maravilla y nos satisface, en lo literario, con su incontinencia verbal y su retoricismo, aburre, estropea y no trasmite.
Tienen, en definitiva, a tiro un libro para saborear ambientes retrógrados y de rancio abolengo, seres encantadores y entrañables, muchedumbre de miserables, avalanchas de luchadores, atacantes y atacados, poderosos y sumisos y, sobre todo, el negocio sempiterno de la miseria y el fructífero negocio de la guerra, pues como el propio autor sentencia: las circunstancias, antes, ahora y siempre pueden mucho más que las convicciones, máxime cuando no se tiene ninguna.
Les animo a que se adentren en esta regenta zaragozana que termina con las mismas notas musicales de un arcaico ‘Te deum' con el que empieza, y en la que, como en la clariniana, son vitales la apariencia, el engolamiento y la vanidad, y que el traspaso de poderes, sean éstos cuales sean, se haga del modo que pueda aparentar la máxima legalidad. Disfrutarán de patrañas y chismes, de romances muy cercanos y reconocibles, de conspiraciones y, sin duda alguna, de una gran conjunción entre la forma del libro, el talante con que está escrito y el vigente tema que aborda, por muchos años que nos separen.
Ahora, para finalizar, sí les digo lo que suele comentarse al principio: que tengo el gusto de presentarles a Jorge Casamayor, zaragozano de raíces y valenciano, mejicano y madrileño de andanzas. Gestor de distintas empresas, docente vinculado al Ministerio de Comercio y a la Cámara de Comercio de Madrid, articulista y novelista, cuya trayectoria literaria se nutre de las muchas y variopintas vivencias que le supuso su actividad empresarial por el ancho mundo y viene avalada por títulos de muy diversa índole como Pasado imperfecto , Malawi , Un día inesperado y Aragonés. Al servicio de Pedro el Grande . Y ante todo padre y suegro de dos buenos amigos. Con él les dejo para que mejor que nadie les hable de estas casi 400 páginas y ‘estos seis años que trastocaron el alma de un pueblo y el espíritu de dos continentes'.
"Palabras de presentación dichas por el autor" Cuando Luis Ángel Blasco, director de Ediciones Unaluna, me comentó su intención de publicar una colección de novelas sobre acontecimientos relacionados con Los Sitios de Zaragoza, invitándome a participar en ella, me tomé varias semanas de reflexión antes de aceptar. Tenía sentimientos contrapuestos:
Por un lado, de gran satisfacción porque se me diera la oportunidad de publicar otra novela histórica ambientada -al menos buena parte de ella- en Aragón; por otro lado, de responsabilidad ante un tema tan emblemático como zaragozano que soy.
Además, existía el riesgo de que el rigor histórico -imprescindible ante unos hechos ampliamente documentados por monografías de todo tipo- encorsetara la acción impidiendo la lozanía deseable.
Me decidí pronto porque el reto era subyugante: aquél pedazo de Historia me había apasionado desde la infancia, así que, cuando tuve claro el proyecto, me puse a la tarea de estructurar el relato como a mí me hubiera gustado leerlo.
Desde el primer momento vi necesario que el período de acción no se ciñera exclusivamente a los meses que duraron los asedios; quería hablar de las causas próximas que los provocaron, pero también del conjunto del conflicto general del que tan solo fueron unos episodios. E incluso dar pábulo a reflexionar -con un ligero guiño- sobre qué se hizo de aquel esfuerzo.
Por eso la acción se desarrolla entre abril de 1808 y abril de 1814.
He pretendido que tenga un ritmo moderno. El único antecedente sobre el mismo tema en novela publicada cuando inicié el trabajo estaba en Pérez Galdós, y obviamente hubiera sido presuntuoso y absurdo intentar competir en su terreno. Creo que he logrado hacerla ágil, alternando con frecuencia escenarios y argumentos.
Recordando lo farragoso de los textos de historia con que en mis tiempos juveniles estudiábamos esa época, he pretendido que de algún modo ayudara, de forma amena, a entender seis años vitales en la historia de España y del mundo occidental.
Seis años en los que todo un pueblo se alzó contra la más formidable maquinaria bélica de su época, en la que un puñado de iluminados soñaron y plasmaron en una Constitución una Nación completamente diferente a la que les vio nacer, y en la que los españoles de Ultramar decidieron protagonizar su propio destino.
Pero en los que también hubo colaboracionistas convencidos o venales; reaccionarios ante los cambios políticos propuestos; o simples buenas gentes víctimas de los tiempos que les tocó vivir.
La Guerra de la Independencia no fue solo una confrontación con una potencia extranjera, no consistió solo en la lucha por expulsar al ejército francés de Napoleón. España vivió en aquellos años una auténtica Revolución. Su primera revolución contra poderes e instituciones que unían a su legitimidad, su indignidad. Y, además, fue una revolución patriótica.
Tenía que ser una novela coral. Los acontecimientos fueron desarrollados por todo el pueblo, y quería que los protagonistas encarnasen su lucha, pero también sus dudas.
Y sobretodo, las reacciones personales debían ser inteligibles. En estos tiempos de exaltación al antihéroe, el héroe se nos hace un ser lejano fuera de lo común..., y en aquellas circunstancias resultó ser lo más habitual del mundo.
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“Te Deum” empieza y termina durante la ceremonia que tuvo lugar en la basílica de El Pilar el 10 de abril de 1814; cuando Fernando VII, de regreso desde su cautiverio en Valençay, pasó la Semana Santa en Zaragoza saliéndose del itinerario que la Regencia y las Cortes le habían trazado.
Pero a lo largo de otros nueve capítulos, un puñado de protagonistas se mueve desde las expectativas que abre el Motín de Aranjuez, hasta la acción personal en la revuelta, la guerra, la guerrilla, el cautiverio... Morirán algunos, alcanzarán honores otros; habrá quien conspire, quien medre; muchos -como siempre ocurre a la inmensa generalidad- serán zarandeados una y otra vez por los acontecimientos.
Es la vida de estos personajes la que me interesaba contar.
Mientras que los de ficción se mueven a sus anchas, los que fueron reales deben someterse a lo que la extensísima bibliografía nos ha informado. Sin abusar del recurso, en ocasiones, un párrafo en cursiva nos trasmite frases textuales que hoy en día pueden resultarnos sorprendentes en boca de sus idealizados autores.
En las situaciones más extremas en las que la supervivencia se antoja imposible, la reacción natural del hombre es la de hacer pagar cara la propia vida. Surgen las reacciones heroicas como algo espontáneo.
Quizá, si rebajamos unas décimas la extremosidad de la situación, será la supervivencia de los seres queridos el objetivo perseguido. Más abajo en esa escala de anhelos, estará quizá la propia salvación; luego la consecución de los medios materiales para la subsistencia..., y así poco a poco, las prioridades de un mismo individuo van siendo alteradas.
Finalmente, hallaremos en su alma la eterna búsqueda de la felicidad y de lo que creemos que nos la hará posible: el amor, la fortuna, el reconocimiento.
Ese es el mimbre del que están hechos mis personajes, y solo el momento y el entorno en el que los ha colocado el destino, les hace afanarse por alcanzar uno u otro de esos objetivos.
Por eso, no creo que los doscientos años transcurridos desde la acción le reste actualidad. El esfuerzo del hombre por superar la adversidad le es consustancial. El deseo de cada grupo humano por alcanzar un ideal, es imperecedero. O por lo menos lo es en las sociedades que no están aletargadas, que evolucionan con vitalidad.
Espero que disfruten con la lectura de “Te Deum”. Yo, puedo asegurarles, lo he hecho escribiéndola.
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